De viejecillas y de jovencillas
Por qué te deslizas a escondidas y de manera esquiva en el crepúsculo, Zaratustra? ¿Qué es lo que escondes con tanto cuidado bajo tu manto?
¿Es un tesoro que te han regalado? ¿O un niño que has dado a luz? ¿O es que tú mismo sigues ahora los caminos de los ladrones, tú amigo de los malvados?» -
¡En verdad, hermano mío!, dijo Zaratustra, es un tesoro que me han regalado: es una pequeña verdad lo que llevo conmigo. Pero es revoltosa como un niño pequeño; y si no le tapo la boca, grita a voz en cuello.
Cuando hoy recorría solo mi camino, a la hora en que el sol se pone, me encontré con una viejecilla, la cual habló así a mi alma:
«Muchas cosas nos ha dicho Zaratustra también a nosotras las mujeres, pero nunca nos ha hablado sobre la mujer».
Y yo le repliqué: «Sobre la mujer se debe hablar tan sólo a varones».
«Háblame también a mí acerca de la mujer, dijo ella; soy bastante vieja para volver a olvidarlo enseguida.»
Y yo accedí al ruego de la viejecilla y le hablé así:
Todo en la mujer es un enigma, y todo en la mujer tiene una única solución: se llama embarazo.
El varón es para la mujer un medio: la finalidad es siempre el hijo. ¿Pero qué es la mujer para el varón?
Dos cosas quiere el varón auténtico: peligro y juego. Por ello quiere él a la mujer, que es el más peligroso de los juguetes.
El varón debe ser educado para la guerra, y la mujer, para la recreación del guerrero: todo lo demás es tontería.
Los frutos demasiado dulces – al guerrero no le gustan. Por ello le gusta la mujer: amarga es incluso la más dulce de las mujeres.
La mujer entiende a los niños mejor que el varón, pero éste es más niño que aquélla.
En el varón auténtico se esconde un niño: éste quiere jugar. ¡Adelante, mujeres, descubrid el niño en el varón!
Sea un juguete la mujer, puro y delicado, semejante a la piedra preciosa, iluminado por las virtudes de un mundo que todavía no existe.
¡Resplandezca en vuestro amor el rayo de una estrella! Diga vuestra voluntad: « ¡Ojalá diese yo a luz el superhombre!»
¡Haya valentía en vuestro amor! ¡Con vuestro amor debéis lanzaros contra aquel que os infunde miedo!
¡Que vuestro honor esté en vuestro amor! Por lo demás, poco entiende de honor la mujer. Pero sea vuestro honor amar siempre más de lo que sois amadas y no ser nunca las segundas.
Tema el varón a la mujer cuando ésta ama: entonces realiza ella todos los sacrificios, y todo lo demás lo considera carente de valor.
Tema el varón a la mujer cuando ésta odia: pues en el fondo del alma el varón es tan sólo malvado, pero la mujer es allí mala.
¿A quién odia más la mujer? – Así le dijo el hierro al imán: «A ti es a lo que más odio, porque atraes, pero no eres bastante fuerte para retener».
La felicidad del varón se llama: yo quiero. La felicidad de la mujer se llama: él quiere.
« ¡Mira, justo ahora se ha vuelto perfecto el mundo!» – así piensa toda mujer cuando obedece desde la plenitud del amor.
Y la mujer tiene que obedecer y tiene que encontrar una profundidad para su superficie. Superficie es el ánimo de la mujer, una móvil piel tempestuosa sobre aguas poco profundas.
Pero el ánimo del varón es profundo, su corriente ruge en cavernas subterráneas: la mujer presiente su fuerza, mas no la comprende. -
Entonces me replicó la viejecilla: «Muchas gentilezas acaba de decir Zaratustra, y sobre todo para quienes son bastante jóvenes para ellas.
¡Es extraño, Zaratustra conoce poco a las mujeres, y, sin embargo, tiene razón sobre ellas! ¿Ocurre esto acaso porque para la mujer nada es imposible?
¡Y ahora toma, en agradecimiento, una pequeña verdad! ¡Yo soy bastante vieja para ella!
Envuélvela bien y tápale la boca: de lo contrario grita a voz en cuello esta pequeña verdad.»
« ¡Dame, mujer, tu pequeña verdad!», dije yo. Y así habló la viejecilla:
« ¿Vas con mujeres? ¡No olvides el látigo!» –
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De la redención
Un día en que Zaratustra estaba atravesando el gran puente lo rodearon los lisiados y los mendigos, y un jorobado le habló así:
« ¡Mira, Zaratustra! También el pueblo aprende de ti y comienza a creer en tu doctrina: mas para que acabe de creerte del todo se necesita aún una cosa – ¡tienes que convencernos primero a nosotros los lisiados! ¡Aquí tienes ahora una hermosa colección, y, en verdad, una ocasión que se puede agarrar por más de un pelo! Puedes curar a ciegos y hacer correr a paralíticos; y a quien lleva demasiado sobre su espalda podrías sin duda también quitarle un poco: – ¡éste, pienso yo, sería el modo idóneo de hacer creer a los lisiados en Zaratustra!»
Mas Zaratustra replicó así al que había hablado: «Si al jorobado se le quita su joroba, se le quita su espíritu – así enseña el pueblo. Y si al ciego se le dan sus ojos, verá demasiadas cosas malas en la tierra: de modo que maldecirá a quien lo curó. Y el que haga correr al paralítico le causa el mayor de todos los perjuicios: pues apenas pueda correr, sus vicios, desbocados, lo arrastran consigo – así enseña el pueblo a propósito de los lisiados. ¿Y por qué no iba Zaratustra a aprender también del pueblo, si el pueblo aprende de Zaratustra?
Mas, desde que estoy entre hombres, para mí lo de menos es ver: “A éste le falta un ojo, y a aquél una oreja, y a aquel tercero la pierna, y otros hay que han perdido la lengua o la nariz o la cabeza”.
Yo veo y he visto cosas peores, y hay algunas tan horribles que no quisiera hablar de todas, y de otras ni aun callar quisiera, a saber: seres humanos a quienes les falta todo, excepto una cosa de la que tienen demasiado – seres humanos que no son más que un gran ojo, o un gran hocico, o un gran estómago, o alguna otra cosa grande, – lisiados al revés los llamo yo.
Y cuando yo venía de mi soledad y por vez primera atravesaba este puente: no quería dar crédito a mis ojos, miraba y miraba una y otra vez y acabé por decir: “¡Esto es una oreja!, ¡una sola oreja, tan grande como un hombre!”. Miré mejor: y, realmente, debajo de la oreja se movía aún algo que era pequeño y mísero y débil hasta el punto de dar lástima. Y verdaderamente la monstruosa oreja se asentaba sobre una pequeña varilla delgada – ¡y la varilla era un hombre! Quien mirase con una lente podría haber reconocido aún un pequeño rostro envidioso; y también que en la varilla se balanceaba una hinchada almita. Y el pueblo me decía que la gran oreja era no sólo un hombre, sino un gran hombre, un genio. Mas yo jamás he creído al pueblo cuando ha hablado de grandes hombres – y mantuve mi creencia de que era un lisiado al revés, que tenía muy poco de todo, y demasiado de una cosa.»
Cuando Zaratustra hubo dicho esto al jorobado y a aquellos de quienes éste era portavoz y abogado volviese con profundo mal humor hacia sus discípulos y dijo:
« ¡En verdad, amigos míos, yo camino entre los hombres como entre fragmentos y miembros de hombres!
Para mis ojos lo más terrible es encontrar al hombre destrozado y esparcido como sobre un campo de batalla y de matanza.
Y si mis ojos huyen desde el ahora hacia el pasado: siempre encuentran lo mismo: fragmentos y miembros y espantosos azares – ¡pero no hombres!
El ahora y el pasado en la tierra – ¡ay!, amigos míos – son para mí lo más insoportable; y no sabría vivir si no fuera yo además un vidente de lo que tiene que venir.
Un vidente, un volante, un creador, un futuro también, y un puente hacia el futuro – y, ay, incluso, por así decirlo, un lisiado junto a ese puente: todo eso es Zaratustra.
Y también vosotros os habéis preguntado con frecuencia: “¿Quién es para nosotros Zaratustra? ¿Cómo lo llamaremos?” Y lo mismo que yo, vosotros os habéis dado preguntas por respuesta.
¿Es uno que hace promesas? ¿O uno que las cumple? ¿Un conquistador? ¿O un heredero? ¿Un otoño? ¿O la reja de un arado? ¿Un médico? ¿O un convaleciente?
¿Es un poeta? ¿O un hombre veraz? ¿Un libertador? ¿O un domeñador? ¿Un bueno? ¿O un malvado?
Yo camino entre los hombres como entre los fragmentos del futuro: de aquel futuro que yo contemplo.
Y todos mis pensamientos y deseos tienden a pensar y reunir en unidad lo que es fragmento y enigma y espantoso azar.
¡Y cómo soportaría yo ser hombre si el hombre no fuese también poeta y adivinador de enigmas y el redentor del azar! Redimir a los que han pasado, y transformar todo “Fue” en un “Así lo quise” – ¡sólo eso sería para mí redención!
Voluntad – así se llama el libertador y el portador de alegría: ¡esto es lo que yo os he enseñado, amigos míos! Y ahora aprended también esto: la voluntad misma es todavía un prisionero.
El querer hace libres: pero ¿cómo se llama aquello que mantiene todavía encadenado al libertador?
“Fue”: así se llama el rechinar de dientes y la más solitaria tribulación de la voluntad. Impotente contra lo que está hecho – es la voluntad un malvado espectador para todo lo pasado.
La voluntad no puede querer hacia atrás; el que no pueda quebrantar el tiempo ni la voracidad del tiempo – ésa es la más solitaria tribulación de la voluntad.
El querer hace libres: ¿qué imagina el querer mismo para liberarse de su tribulación y burlarse de su prisión?
¡Ay, todo prisionero se convierte en un necio! Neciamente se redime también a sí misma la voluntad prisionera.
Que el tiempo no camine hacia atrás es su secreta rabia. “Lo que fue, fue” – así se llama la piedra que ella no puede remover.
Y así ella remueve piedras, por rabia y por mal humor, y se venga en aquello que no siente, igual que ella, rabia y mal humor.
Así la voluntad, el libertador, se ha convertido en un causante de dolor: y en todo lo que puede sufrir véngase de no poder ella querer hacia atrás.
Esto, sí, esto solo es la venganza misma: la aversión de la voluntad contra el tiempo y su “Fue”.
En verdad, una gran necedad habita en nuestra voluntad; ¡y el que esa necedad aprendiese a tener espíritu se ha convertido en maldición para todo lo humano!
El espíritu de la venganza: amigos míos, sobre esto es sobre lo que mejor han reflexionado los hombres hasta ahora; y donde había sufrimiento, allí debía haber siempre castigo.
“Castigo” se llama a sí misma, en efecto, la venganza: con una palabra embustera se finge hipócritamente una buena conciencia.
Y como en el volante hay el sufrimiento de no poder querer hacia atrás, – por ello el querer mismo y toda vida debían – ¡ser castigo!
Y ahora se ha acumulado nube tras nube sobre el espíritu: hasta que por fin la demencia predicó: “¡Todo perece, por ello todo es digno de perecer!
“Y la justicia misma consiste en aquella ley del tiempo según la cual tiene éste que devorar a sus propios hijos”: así predicó la demencia.
“Las cosas están reguladas éticamente sobre la base del derecho y el castigo. OH, ¿dónde está la redención del río de las cosas y del castigo llamado ‘Existencia’?” Así predicó la demencia.
“¿Puede haber redención si existe un derecho eterno? ¡Ay, irremovible es la piedra `Fue’: eternos tienen que ser también todos los castigos!” Así predicó la demencia.
“Ninguna acción puede ser aniquilada: ¡cómo podría ser anulada por el castigo! Lo eterno en el castigo llamado ‘Existencia’ consiste en esto, ¡en que también la existencia tiene que volver a ser eternamente acción y culpa!
A no ser que la voluntad se redima al fin a sí misma y el querer se convierta en no-querer-”: ¡pero vosotros conocéis, hermanos míos, esta canción de fábula de la demencia!
Yo os aparté de todas esas canciones de fábula cuando os enseñé: “La voluntad es un creador”.
Todo ‘Fue’ es un fragmento, un enigma, un espantoso azar – hasta que la voluntad creadora añada: “¡pero yo lo quise así!”
-Hasta que la voluntad creadora añada: “¡Pero yo lo quiero así! ¡Yo lo querré así!”
¿Ha hablado ya ella de ese modo? ¿Y cuándo lo hará? ¿Se ha desuncido ya la voluntad del yugo de su propia tontería?
¿Se ha convertido ya la voluntad para sí misma en un libertador y en un portador de alegría? ¿Ha olvidado el espíritu de venganza y todo rechinar de dientes?
¿Y quién le ha enseñado a ella la reconciliación con el tiempo, y algo que es superior a toda reconciliación?
Algo superior a toda reconciliación tiene que querer la voluntad que es voluntad de poder – : sin embargo ¿cómo le ocurre esto? ¿Quién le ha enseñado incluso el querer hacia atrás?»
- En este momento de su discurso ocurrió que Zaratustra se detuvo de repente, y semejaba del todo alguien que estuviese aterrorizado al máximo. Con ojos horrorizados miró a sus discípulos; sus ojos perforaban como con flechas los pensamientos de éstos e incluso los trasfondos de tales pensamientos. Mas pasado un poco de tiempo volvió ya a reír y dijo con voz bondadosa:
«Es difícil vivir con hombres, porque callar es muy difícil. Sobre todo para un charlatán». -
Así habló Zaratustra. El jorobado había escuchado la conversación y había cubierto su rostro al hacerlo; más cuando oyó reír a Zaratustra, alzó los ojos con curiosidad y dijo lentamente:
« ¿Por qué Zaratustra nos habla a nosotros de modo distinto que a sus discípulos?»
Zaratustra respondió: « ¡Qué tiene de extraño! ¡Con jorobados es lícito hablar de manera jorobada!»
«Bien, dijo el jorobado; y con discípulos es lícito charlar de manera discipular.
Mas ¿por qué Zaratustra habla a sus discípulos de manera distinta – que a sí mismo?» -
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Del espíritu de la pesadez
1
Mi boca – es del pueblo: yo hablo de un modo demasiado grosero y franco para los conejos de seda. Y aún más extraña les suena mi palabra a todos los calamares y plumíferos.
Mi mano – es la mano de un necio: ¡ay de todas las mesas y paredes y de todo lo demás que ofrezca espacio para las engalanaduras de un necio, para las emborronaduras de un necio!
Mi pie – es un pie de caballo; con él pataleo y troto a campo traviesa de acá para allá, y todo correr rápido me produce un placer del diablo.
Mi estómago – ¿es acaso el estómago de un águila? Pues lo que más le gusta es la carne de cordero. Con toda seguridad es el estómago de un pájaro.
Un ser que se alimenta con cosas inocentes, y con poco, dispuesto a volar e impaciente de hacerlo, de alejarse volando – ése es mi modo de ser: ¡cómo no iba a haber en él algo del modo de ser de los pájaros!
Y, sobre todo, el que yo sea enemigo del espíritu de la pesadez, eso es algo propio de la especie de los pájaros: ¡y, en verdad, enemigo mortal, archienemigo, protoenemigo! ¡OH, adónde no voló ya y se extravió ya volando mi enemistad!
Sobre ello podría yo cantar una canción – - y quiero cantarla: aunque esté yo solo en la casa vacía y tenga que cantar para mis propios oídos.
Otros cantores hay, ciertamente, a los cuales sólo la casa llena vuélveles suave su garganta, elocuente su mano, expresivos sus ojos, despierto su corazón: – yo no me asemejo a ellos. -
2
Quien algún día enseñe a los hombres a volar, ése habrá cambiado de sitio todos los mojones; para él los propios mojones volarán por el aire y él bautizará de nuevo a la tierra, llamándola – «La Ligera».
El avestruz corre más rápido que el más rápido caballo, pero también esconde pesadamente la cabeza en la pesada tierra: así hace también el hombre que aún no puede volar.
Pesadas son para él la tierra y la vida; ¡y así lo quiere el espíritu de la pesadez! Mas quien quiera hacerse ligero y transformarse en un pájaro tiene que amarse a sí mismo: – así enseño yo.
No, ciertamente, con el amor de los enfermos y calenturientos: ¡pues en ellos hasta el amor propio exhala mal olor!
Hay que aprender a amarse a sí mismo – así enseño yo – con un amor saludable y sano: a soportar estar consigo mismo y a no andar vagabundeando de un sitio para otro.
Semejante vagabundeo se bautiza a sí mismo con el nombre de «amor al prójimo»: con esta expresión se han dicho hasta ahora las mayores mentiras y se han cometido las mayores hipocresías, y en especial lo han hecho quienes caían pesados a todo el mundo.
Y en verdad, no es un mandamiento para hoy y para mañana el de aprender a amarse a sí mismo. Antes bien, de todas las artes es ésta la más delicada, la más sagaz, la última y la más paciente:
A quien tiene algo, en efecto, todo lo que él tiene suele estarle bien oculto; y de todos los tesoros es el propio el último que se desentierra, – así lo procura el espíritu de la pesadez.
Ya casi en la cuna se nos dota de palabras y de valores pesados: «bueno» y «malvado» – así se llama esa dote. Y en razón de ella se nos perdona que vivamos.
Y dejamos que los niños pequeños vengan a nosotros para impedirles a tiempo que se amen a sí mismos: así lo procura el espíritu de la pesadez
Y nosotros – ¡nosotros llevamos fielmente cargada la dote que nos dan, sobre duros hombros y por ásperas montañas! Y si sudamos, se nos dice: « ¡Sí, la vida es una carga pesada!»
¡Pero sólo el hombre es para sí mismo una carga pesada! Y esto porque lleva cargadas sobre sus hombros demasiadas cosas ajenas. Semejante al camello, se arrodilla y se deja cargar bien.
Sobre todo el hombre fuerte, de carga, en el que habita la veneración: demasiadas pesadas palabras ajenas y demasiados pesados valores ajenos carga sobre sí, – ¡entonces la vida le parece un desierto!
¡Y en verdad! ¡También algunas cosas propias son una carga pesada! ¡Y muchas de las cosas que residen en el interior del hombre son semejantes a la ostra!, es decir, nauseabundas y viscosas y difíciles de agarrar -,
- de tal modo que tiene que intervenir en su favor una concha noble, con nobles adornos. Y también hay que aprender este arte: ¡el de tener una concha, y una hermosa apariencia, y una inteligente ceguera!
Una y otra vez nos engañamos acerca de algunas cosas humanas por el hecho de que más de una concha es mezquina y triste y demasiado concha. Mucha bondad y mucha fuerza ocultas no las adivinaremos jamás; ¡los más exquisitos bocados no encuentran quien los sepa saborear!
Las mujeres saben esto, las más exquisitas: un poco más gruesas, un poco más delgadas – ¡OH, cuánto destino depende de tan poca cosa!
El hombre es difícil de descubrir, y descubrirse uno a sí mismo es lo más difícil de todo; a menudo el espíritu miente a propósito del alma. Así lo procura el espíritu de la pesadez.
Mas a sí mismo se ha descubierto quien dice: éste es mi bien y éste es mi mal: con ello ha hecho callar al topo y enano que dice: «bueno para todos, malvado para todos».
En verdad, tampoco me agradan aquellos para quienes cualquier cosa es buena e incluso este mundo es el mejor. A éstos los llamo los omnicontentos.
Omnicontentamiento que sabe sacarle gusto a todo: ¡no es éste el mejor gusto! Yo honro las lenguas y los estómagos rebeldes y selectivos, que aprendieron a decir «yo» y «sí» y «no».
Pero masticar y digerir todo – ¡ésa es realmente cosa propia de cerdos! Decir siempre sí – ¡esto lo ha aprendido únicamente el asno y quien tiene su mismo espíritu! -
El amarillo intenso y el rojo ardiente: eso es lo que mi gusto quiere, – él mezcla sangre con todos los colores. Más quien blanquea su casa me delata un alma blanqueada.
De momias se enamoran unos, otros, de fantasmas; y ambos son igualmente enemigos de toda carne y de toda sangre
- ¡OH, cómo repugnan ambos a mi gusto! Pues yo amo la sangre.
Y no quiero habitar ni residir allí donde todo el mundo esputa y escupe: éste es mi gusto, – preferiría vivir entre ladrones y perjuros. Nadie lleva oro en la boca.
Pero aún más repugnantes me resultan todos los que lamen servilmente los salivazos; y el más repugnante bicho humano que he encontrado lo bauticé con el nombre de parásito: éste no ha querido amar, pero sí vivir del amor. Desventurados llamo yo a todos los que sólo tienen una elección: la de convertirse en animales malvados o en malvados domadores de animales: junto a ellos no levantaría yo mis tiendas.
Desventurados llamo yo a todos aquellos que siempre tienen que aguardar, – repugnan a mi gusto: todos los aduaneros y tenderos y reyes y otros guardianes de países y de comercios.
En verdad, también yo aprendí a aguardar, y a fondo, – pero sólo a aguardarme a mí. Y aprendí a tenerme en pie y a caminar y a correr y a saltar y a trepar y a bailar por encima de todas las cosas.
Y ésta es mi doctrina: quien quiera aprender alguna vez a volar tiene que aprender primero a tenerse en pie y a caminar y a correr y a trepar y a bailar: – ¡el volar no se coge al vuelo!
Con escalas de cuerda he aprendido yo a escalar más de una ventana, con ágiles piernas he trepado a elevados mástiles: estar sentado sobre elevados mástiles del conocimiento no me parecía bienaventuranza pequeña, -
- flamear como llamas pequeñas sobre elevados mástiles: siendo, ciertamente, una luz pequeña, ¡pero un gran consuelo, sin embargo, para navegantes y náufragos extraviados! -
Por muchos caminos diferentes y de múltiples modos llegué yo a mi verdad; no por una única escala ascendí hasta la altura desde donde mis ojos recorren el mundo.
Y nunca me ha gustado preguntar por caminos, – ¡esto repugna siempre a mi gusto! Prefería preguntar y someter a prueba a los caminos mismos.
Un ensayar y un preguntar fue todo mí caminar: – ¡y en verdad, también hay que aprender a responder a tal preguntar! Éste – es mi gusto:
- no un buen gusto, no un mal gusto, pero sí mi gusto, del cual ya no me avergüenzo ni lo oculto.
«Éste – es mi camino, – ¿dónde está el vuestro?», así respondía yo a quienes me preguntaban «por el camino». ¡El camino, en efecto, – no existe!
Así habló Zaratustra.
El más feo de los hombres
Y de nuevo corrieron los pies
de Zaratustra por montañas y bosques, y sus ojos buscaron y buscaron, mas en
ningún lugar pudieron ver a aquel a quien querían ver, al gran necesitado que
gritaba pidiendo socorro. Durante todo el camino, sin embargo, se regocijaba en
su corazón y estaba agradecido. «¡Qué buenas cosas, decía, me ha regalado este
día para compensarme de haber comenzado mal! ¡Qué extraños interlocutores he
encontrado!
Quiero rumiar durante largo
tiempo sus palabras, como si fueran buenos granos; ¡mis dientes deberán
desmenuzarlas y molerlas hasta que fluyan a mi alma como leche!» -
Mas cuando el camino volvió a
girar en torno a una roca, el paisaje se transformó de repente y Zaratustra
penetró en un reino de muerte. En él peñascos negros y rojos miraban rígidos
hacia arriba: ni una brizna de hierba, ni un árbol, ni el canto de un pájaro.
Era, en efecto, un valle que todos los animales evitaban, incluso los animales
de rapiña; sólo una especie de serpientes feas, gordas, verdes, cuando se
volvían viejas, iban allí a morir. Por esto los pastores llamaban a este valle:
Muerte de la Serpiente.
Zaratustra se sumergió en un negro recuerdo, pues le
parecía que él había estado ya una vez en aquel valle. Y muchas cosas pesadas
oprimieron su ánimo: de modo que comenzó a caminar cada vez más lentamente,
hasta que por fin se detuvo. Entonces, al abrir los ojos, vio algo que se
hallaba sentado junto al camino, algo que tenía una figura como de hombre, pero
que apenas lo parecía, algo inexpresable. Y de golpe se apoderó de Zaratustra
una gran vergüenza por haber visto con sus ojos algo así: enrojeciendo hasta la
raíz de sus blancos cabellos apartó la vista y levantó el pie para abandonar
aquel triste lugar. En ese instante aquel muerto desierto produjo un ruido: del
suelo, en efecto, salía un gorgoteo y un resuello como los que hace el agua por
la noche en tuberías atrancadas; y por fin surgió de allí una voz humana y unas
palabras de hombre: – que decían así:
«¡Zaratustra! ¡Zaratustra!
¡Resuelve mi enigma! ¡Habla, habla! ¿Cuál es la venganza que se toma del
testigo?
Yo te invito a que te vuelvas
atrás, ¡aquí hay hielo resbaladizo! ¡Cuida, cuida de que tu orgullo no se rompa
aquí las piernas!
¡Tú te crees sabio, orgulloso
Zaratustra! Resuelve, pues, el enigma, tú duro cascanueces, – ¡el enigma que yo
soy! ¡Di, pues: quién soy yo!»
- Mas cuando Zaratustra hubo
oído estas palabras, – ¿qué creéis que ocurrió en su alma? La compasión lo
acometió; y se desplomó de golpe, como una encina que ha resistido durante
largo tiempo a muchos leñadores, – de manera pesada, súbita, causando espanto
incluso a quienes querían abatirla. Pero enseguida volvió a levantarse del
suelo, y su rostro se endureció
«Te conozco bien, dijo con voz
de bronce: ¡tú eres el asesino de Dios! Déjame irme.
No soportabas a Aquel que te
veía, – que te veía siempre y de parte a parte, ¡tú el más feo de los hombres!
¡Te vengaste de ese testigo!»
Así habló Zaratustra y quiso
irse de allí; mas el inexpresable agarró una punta de su vestido y comenzó de
nuevo a gorgotear y a buscar palabras. «¡Quédate!, dijo por fin -
- ¡quédate! ¡No pases de largo!
He adivinado qué hacha fue la que te derribó: ¡Enhorabuena, Zaratustra, por
estar de nuevo en pie!
Has adivinado, lo sé bien, qué
sentimientos experimenta el que lo mató a Él, – el asesino de Dios. ¡Quédate!
Toma asiento aquí cerca de mí, no será inútil.
¿A quién quería yo ir si no a
ti? ¡Quédate, siéntate! ¡Pero no me mires! ¡Honra así – mi fealdad!
Ellos me persiguen: ahora eres
tú mi último refugio. No con su odio, no con sus esbirros: – ¡oh, de tal
persecución yo me burlaría y estaría orgulloso y contento!
¿No estuvo hasta ahora siempre
el éxito de parte de los bien perseguidos? Y quien persigue bien, aprende con
facilidad a seguir: – ¡pues marcha – detrás! Pero es de su compasión -
- es de su compasión de lo que
yo he huido, buscando refugio en ti. Oh Zaratustra, protégeme, tú mi último
refugio, tú el único que me ha adivinado:
- tú has adivinado qué
sentimientos experimenta el que lo mató a Él. ¡Quédate! Y si quieres irte,
impaciente: no vayas por el camino que yo he seguido. Ese camino es malo.
¿Estás irritado conmigo porque
hace ya mucho tiempo que hablo y chapurreo? ¿De que yo te dé consejos? Pero tú
sabes que yo, el más feo de los hombres,
-
yo soy también el que tiene asimismo los pies más grandes y más pesados. Por
donde yo he pasado, allí el camino es malo. Todos los caminos pisados por mí
quedan muertos y estropeados.
Mas en el hecho de que tú
pasases a mi lado en silencio; de que te ruborizases, bien lo vi: en eso he
reconocido que tú eres Zaratustra.
Cualquier otro me habría
arrojado su limosna, su compasión, con miradas y palabras. Mas para esto – no
soy yo bastante mendigo, eso tú lo has adivinado -
- para esto soy yo demasiado rico,
¡rico en cosas grandes, terribles, en las cosas más feas, más inexpresables!
¡Tu vergüenza, oh Zaratustra, me ha honrado!
A duras penas logré escapar de
la muchedumbre de los compasivos, – para encontrar al único que hoy enseña “la
compasión es importuna – ¡a ti, oh Zaratustra!
-
ya sea compasión de un Dios, ya sea compasión de los hombres: la compasión va
contra el pudor. Y no querer-ayudar puede ser más noble que aquella virtud que
se apresura solícita.
Mas entre todas las gentes pequeñas
se da hoy el nombre de virtud a eso, a la compasión: – ellas no tienen respeto
por la gran desgracia, por la gran fealdad, por el gran fracaso.
Yo miro por encima de todos
éstos al modo como el perro mira por encima de los lomos de los pululantes rebaños
de ovejas. Son pequeñas gentes grises, lanosas, benévolas.
Como una garza mira
despectivamente por encima de los estanques poco profundos, con la cabeza
echada hacia atrás: así miro yo por encima del hormigueo de grises y pequeñas
olas y voluntades y almas.
Durante
demasiado tiempo se les ha dado la razón a esas gentes pequeñas: con ello se
les ha acabado por dar, finalmente, también el poder – ahora enseñan: “Bueno es
tan sólo aquello que las gentes pequeñas llaman bueno”.
Y “verdad” se llama hoy lo que
dijo el predicador que procedía de ellos, aquel extraño santo y abogado de las
gentes pequeñas, que atestiguó de sí mismo “yo – soy la verdad”.
Desde hace ya mucho tiempo ese
presuntuoso hace hinchar la cresta a las gentes pequeñas, – él, que enseñó un
error nada pequeño cuando enseñó “yo – soy la verdad”.
¿Se ha dado nunca una respuesta
más cortés a un presuntuoso? – Pero tú, oh Zaratustra, lo dejaste de lado al
pasar y dijiste: “¡No! ¡No! ¡Tres veces no!”
Tú
pusiste en guardia contra la compasión – no a todos, no a nadie, sino a ti y a
los de tu especie.
Tú te avergüenzas de la
vergüenza del que sufre mucho; y en verdad, cuando dices “de la compasión
procede una gran nube, ¡atención, hombres!”
- cuando enseñas “todos los
creadores son duros, todo gran amor está por encima de su propia compasión: ¡oh
Zaratustra, qué bien me pareces entender de signos meteorológicos!
Pero tú mismo – ¡ponte en
guardia también a ti mismo contra tu compasión! Pues muchos se encuentran en
camino hacia ti, muchos que sufren, que dudan, que desesperan, que se ahogan,
que se hielan -
También contra mí te pongo en
guardia. Tú has adivinado mi mejor, mi peor enigma, a mí mismo y lo que yo
había hecho. Yo conozco el hacha que te derriba.
Pero Él – tenía que morir:
miraba con unos ojos que lo veían todo, – veía las profundidades y las honduras
del hombre, toda la encubierta ignominia y fealdad de éste.
Su compasión carecía de pudor:
penetraba arrastrándose hasta mis rincones más sucios493. Ese máximo curioso,
superindiscreto, super-compasivo, tenía que morir.
Me veía siempre: de tal testigo
quise vengarme – o dejar de vivir.
El Dios que veía todo, también
al hombre: ¡ese Dios tenía que morir! El hombre no soporta que tal testigo
viva.»
Así habló el más feo de los
hombres. Y Zaratustra se levantó y se dispuso a irse: pues estaba aterido hasta
las entrañas.
«Tú, inexpresable, dijo, me has
puesto en guardia contra tu camino. Para agradecértelo voy a alabarte los míos.
Mira, allá arriba está la caverna de Zaratustra.
Mi caverna es grande y profunda
y tiene muchos rincones; allí encuentra su escondrijo el más escondido de los
hombres. Y junto a ella hay cien agujeros y hendiduras para los animales que se
arrastran, que revolotean y que saltan. continua…
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